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Pantalla croquèt

Entre Titas: crónica deslavazada de

Curtocircuito 2014

Anxo F. Couceiro

I

 

La primera vez que vi a Pela del Álamo fue en A Reixa, el bar, una noche de tantas con mi amigo Gael. Estaba encaramado a la cabina del DJ y me llamó la atención su dominio del lugar. Tanto Gael como yo sentíamos interés por su última película, de la que habíamos visto un tráiler en Vimeo realmente prometedor.

 

—La pude haber visto en el Documentia Madrid —se lamentaba Gael—, pero no lo hice.

—¿Cómo se llamaba? —le pregunté. Mis ojos empezaban a llenarse del fuego de los dioses, pues la idea de abordar al cineasta estaba cogiendo fuerza.

Nacional 9, se llama Nacional 9.

Me abrí lerdo paso entre el gentío con cuidado de no derramar mi copa de licor café.

—Pela del Álamo, Pela del Álamo. Me encantó tu película —mentí, en realidad me había encantado el tráiler.

—Mi película —dijo él. Había un matiz dudoso en su mirada. Pela tiene un tono de voz grave e imponente. Me asusté.

Nacional 9, por supuesto —quise explicarme.

Nacional 6 —me corrigió. Estaba serio.

—Hmm… Eso.

 

Intenté dar un barniz de credibilidad a mis palabras diciéndole que la suya era una de esas obras que podrían gustar o no, pero que ayudaban a generar debate y dejaban cierto poso en sus espectadores. Hay algunos lugares comunes, como el de “generar debate”, que son válidos para cualquier uso.

 

—Pues me gusta que me digas eso —el director había cambiado el gesto y parecía halagado—, es justo lo que pretendía. ¿Dónde la viste? —su voz volvió a tomar un viso inquisitivo.

—En Madrid —respondí con toda naturalidad.

 

El festival Curtocircuito ha encontrado la estabilidad bajo la dirección de Pela del Álamo. Atrás quedaron experimentos dudosos como aquel Curtocircuito: especial superhéroes o las incertidumbres calendarias. Digamos que ahora es un festival y no un batiburrillo; una muestra donde se nota la labor de los programadores, etcétera. Podríamos resumir así las secciones oficiales de este año: cortos internacionales, cortos gallegos y cortos experimentales. Había una serie de nombres molones que identificaban estas categorías evitando caer en la vulgaridad de llamar pan al pan, pero los he olvidado. (Por supuesto, como en todo evento de estas características, también había apartados complementarios, de entre los cuales pude dar cuenta de alguno, como veremos más adelante, pero lo oficial es lo oficial y así estaba diseñado.) La cuestión es que era posible hallar líneas de continuidad entre las diversas secciones, así como cierta voluntad de discurso. Y eso mal no está, claro.

Creo que lo más emocionante que hice en el transcurso de mi semana curtocircuita fue recoger la acreditación. No pretendo menoscabar el deleite que me produjeron los cortos que engulliría después, pero sí remarcar que ese hecho, inédito hasta entonces en mi historial de experiencias, tuvo un aquel iniciático de coquetería que me subió por las nubes. Una vez me fue entregado ese cacho de cartulina donde se podían leer mi nombre y el de la revista, salí disparado a dar orgullosas vueltas por la ciudad, armado de un imperial paraguas que recién acababa de comprar en Zara por mor de las lluvias torrenciales que empezaban a recordarnos a los santiagueses el statu quo meteorológico: no os emocionéis con tantos soles, que vuestro lugar es el que es y ya estamos en la otoñada. De modo que así iba yo, dando felices zancadas por la pedregosa Compostela, con una cartulina enredada al pescuezo que me acreditaba como persona con derecho a no pagar un duro y un sombrero y un paraguas enorme que me acreditaban mitad como ser temeroso de las inclemencias temporales, mitad como moderno de mierda. 

Tiempo me dio a regocijarme  con el consumo templado de un café en el bar La Flor antes de acudir al primer evento del lunes en la Zona C: una de esas secciones no oficiales llamada, de forma tan honesta como poco imaginativa (eso sí lo recuerdo), Camping, donde se ofrecían cortometrajes ambientados en sí, eso: campings. Pusieron tres de corte así como documental: A comunidade, Auga fría y Lila, en una proyección de interés decreciente. El primero se centraba en el retrato humano del camping más veterano de Portugal, y el segundo se perdía en nebulosas poéticas de tercera división para pintar un fresco algo chapucero de Sao Bartolomeu do mar a través de una irritante voice over. Resultaba curiosa la antítesis estética entre las dos propuestas: mientras que la directora de A comunidade, Salomé Lamas, se acercaba a una realidad humana con gramática limpia de cabezas parlantes, accediendo a cierta poética costumbrista sostenida por la naturalidad de sus entrevistados, Pedro Neves, en Auga Fría, alejaba su objetivo de lo terrenal para operar desde el ampuloso ángulo de lo divino, pero sin contar nada. Sobra decir cuál de los dos resultó más interesante (que no memorable), como sobra también hacer ningún tipo de referencia al tercero de los cortos proyectados, Lila, videoclip promocional de un camping francés cualquiera cuyas virtudes cinematográficas pasaban por ser las de un anuncio veraniego de Estrella Damm. (Bueno, al final sí hemos hecho referencia.)

A las 20:30 me esperaba otra proyección, esta vez oficial y, por tanto, en el Teatro Principal. Otro de los alicientes estaba en la compañía: en lugar de asistir solo, me veía liberado de la presión de actuar con fingida naturalidad ante tan gris coyuntura para refugiarme en la generosa amistad de Gael, Cibrán y María, seres afines. Gael me reprochó el gesto de llevar colgada la acreditación al cuello, algo que juzgó cateto en su grado máximo. Decidí seguir el consejo: de ahí en adelante (entendiendo por “adelante” toda la semana), sólo la rescaté del bolsillo para las puntuales citas con la taquilla. Sacamos las entradas y escogimos sitio a placer ante el semivacío de la platea.

 

Pusieron cuatro pelis internacionales de ficción: Sonnet 81, Reizigers in de nacht, ЧЕСТ y Forever over; belga, holandesa, búlgara y alemana, respectivamente. Me parecieron todas bastante espantosas. Es posible que mi veredicto a la salida fuera menos crudo, lo admito, pero esa benevolencia estaba sin duda influida por las condiciones del visionado. Es comprensible que nos forcemos a ampliar los horizontes de nuestros gustos cuando estamos en un festival; escarbamos la sesera con mayor insistencia de la empleada en otras circunstancias a fin de profundizar en obras por las que hemos pagado en el marco de una experiencia cinematográfica completa. Sin embargo, ese rapto de profesionalidad se debe con penosa frecuencia a un entusiasmo suflé, a un espejismo. La prueba del algodón es pensar si le linkarías ese corto que tanto te obsesionas por analizar a un amigo por el chat de Facebook. Desde luego, ni yo ni (creo) ninguno de mis acompañantes lo hubiéramos hecho con estas películas. Las cuatro tenían una factura impecable, las cuatro eran, desde luego, carne festivalera, y las cuatro duraron en nuestra memoria lo mismo que un aroma agradecido de panadería: da para comentar lo que tardas en cruzar la calle.

 

Sonnet 81, un relato fantasmagórico sobre la ausencia, era, quizás, el más valioso de todos los cortos, por ser el único que se ofrecía a un segundo visionado para acabar de limar las aristas de un estilo con vocación de poético y minimalista. ¿El problema? No dejaba una sola imagen al recuerdo; un solo recurso puramente cinematográfico que acabara de sedimentar su propuesta estética. Más intención que chicha, o sea. 

Fotograma de Sonnet 81.

Reizigers in da nacht… Bueno, era una cosa más o menos simpática, ejemplo pluscuamperfecto de corto sostenido en un gag que se desinfla enseguida. ЧЕСТ se me hizo eterna: una especie de retrato crítico en clave naturalista sobre las lagunas morales de la sociedad postsoviética, todo ello focalizado sobre un patriarca y su familia y tal y cual. Ves el machismo y la homofobia inherentes de esa estructura familiar, ves agonizar a un dinosaurio ante los albores de otro tiempo, que si nieto gay, que si hija divorciada, que si vodka, etc. Ves todo eso con una puesta en escena árida, realista (poco imaginativa, también). Sí: y no ves nada más. 

Forever over fue la ganadora del premio del público y ésa es la mejor definición que se puede dar de ella. Desde luego, es la típica película que se lleva de calle esa clase de galardones. Cuenta la desintegración de una pareja a través de metáforas visuales emponzoñadas en azúcar. Un mashup de imaginería publicitaria y resaca del ameliesmo que tanto daño ha hecho en ya casi dos generaciones de cineastas. Muy, muy estomagante.

 

Después de esto nos fuimos a cenar a La Tita, que para algo estaba (y está) al lado del teatro. Y sí, con cenar me refiero a pedir cañas y engullir los suculentos pinchos de tortilla que ponen de regalo. Se nos unió Sue, una amiga mía poco aficionada al cine pero a la que animé para que se viniera a la siguiente sesión después de su clase de inglés. Sue no parecía compartir el frenesí que todos sentíamos por las viandas, ya que para ella la tortilla es un alimento que no debe pasarse de jugosidad (insistía en calificar groseramente como “huevos revueltos” la obra maestra titera que tantos estómagos universitarios ha aliviado), así que entre todos nos repartimos su porción. Ni María ni yo no dábamos crédito ante aquel juicio tan poco fundado (creo que éramos los más ofendidos), mientras que Cibrán y Gael se limitaban a dedicar sonrisas condescendientes al ignorante paladar que yo había traído a la mesa, o más bien debería decir barril, pues era ése el objeto que nos servía de apoyo, y no otro.

 

Apuramos las cañas, saldamos nuestras deudas con el mesonero y corrimos de nuevo al teatro, donde esta vez proyectarían cuatro cortos clásicos seleccionados por las amables si bien algo plomizas gentes del Cineclube de Compostela. Este capítulo no merece mayor comentario al ser, como digo, un apartado accesorio, más decorativo que otra cosa, compuesto por películas de cineastas ilustres, la mayor parte de ellas célebres: La fundición de Kaurismaki, Redemption de Miguel Gomes (la más reciente), En rachâchant de Danièle Huillet y Jean-Marie Straub, Noviembre, de Hito Steyerl y La embajada, de Chris Marker. Admito, no sin cierto embarazo, haber visto por primera vez alguna de ellas aquella noche; no diré cuáles para añadir un poco de misterio a mi incultura.  De lo que no cabe duda es de que son en su mayoría obras fundamentales, con la debatible salvedad de La fundición, que ya no me había entusiasmado cuando la vi como parte del conjunto de Chacun son cinema, y que aquí también me pareció palidecer frente al resto de obras seleccionadas. No veo en ella algo más allá de lo anecdótico en la filmografía de su director, al contrario de lo que sucede en el caso de Marker, por ejemplo, quien nunca dejó de desafiarse formalmente a sí mismo (quitando, bueno, esos moribundos youtubes que colgó en homenaje a Steve Jobs tras un ataque de chochera).

Pese a que todavía quedaba otra sesión de cortos experimentales a eso de la una, dejamos el teatro con el firme propósito de tomar otras cañas a golpe de lunes. El plan fue secundado por todos menos por Gael, que se vio absorbido a la salida del cine por Margarita Ledo, tutora de su Trabajo de Fin de Grado y figura emblemática de la cultura gallega a la que volveremos más tarde. Pusimos dirección a A Reixa con la esperanza de recuperarlo más tarde. Allí (en A Reixa) pedimos todos cerveza y hablamos de cine, aunque no sólo del que acabábamos de ver. Salió en la conversación, por ejemplo, la implicación de María y Cibrán en el Cineclube de Compostela, y cómo habían mediado para proyectar allí una de las primeras obras de Todd Haynes (autor muy querido por ellos dos y algo más discutido por mí), The Karen Carpenter Story, especie de biopic delirante de la artista homónima protagonizada por barbies en stop motion. Me sorprendió que fueran capaces de colarles esa propuesta tan, digamos, pop, sin pretextar algún tipo de coartada que la justificara como un ataque contra el capitalismo, la dominación cultural, la diglosia y esas cosas que quitan el sueño a los próceres del Cineclube, pero María me explicó que la cosa no era para tanto y que donde yo veía gigantes nacionalistas sólo había inofensivos molinos; molinos atascados y llenos de telarañas, supuse yo, a los que no les vendría nada mal el soplo de aire fresco que gente como ella o Cibrán, con su curiosidad infinita y desnuda de prejuicios, simbolizaban.

 

La charla derivó, quién sabe por qué rocambolescos motivos, en el sobrevalorado papel de artista pictórico que cierta crítica española concede a Eastwood; en la importancia de algunos directores de fotografía en la puesta en escena de ciertos cineastas, caso de Woody Allen, cuya pereza planificadora tiende a ser enmendada por colaboradores europeos de prestigio; y en algunas pelis de este último venerable señor que Cibrán y yo encontrábamos de lo más reivindicables, como La maldición del escorpión de Jade. También me informaron de que el rumor que se venía masticando días atrás en redes sociales al fin se había materializado: Twin Peaks iba a volver en 2016 con nuevos episodios. Aquello me sobrecogió con gran histerismo. Se trata de mi serie favorita de todos los tiempos, por no decir cosa favorita, en general, de todos los tiempos: sentía hormigas en las venas, fuegos de artificio mentales y una erección real, nada retórica, que no me avergüenza reconocer como pertinente al ciento por ciento. Exigí pruebas gráficas, me enseñaron un teaser bastante cutre en uno de sus móviles —no recuerdo cuál— y me lancé a la barra a celebrar la buena nueva pidiendo una ronda para todos. Sue estaba descolocada: no había ido nunca al Cineclube, desconocía por completo la existencia de Todd Haynes o David Lynch, y del único de los nombres que le sonaba, Woody Allen, no había visto la película comentada, por lo que se tomó la ronda como una merecida recompensa a su paciencia.

 

La llegada de Gael coincidió con la marcha de María y Cibrán, que tenían madrugadores compromisos a los que dar debida cuenta. Gael no parecía demasiado fascinado por los cortos experimentales que acababa de ver, pero nos comentó que, así todo, eran mucho más interesantes que los anteriores. Seguimos bebiendo, y tal. Confieso que yo albergaba tan secretas como celestinas intenciones al juntar a Gael y a Sue. No es que en mi cabeza hagan una pareja perfecta ni mucho menos, pero dado que Gael ya no es, en rigor, universitario, y que vive en Ourense, un romance santiagués podría darle motivos para visitar con más frecuencia mis coordenadas. Sólo miraba por nuestra amistad. Seguí trayendo cervezas hasta que éstas se convirtieron en licorcas, aunque no todo salía como yo deseaba: Sue había interrumpido el consumo etílico tras dos prudentes birritas alegando razones automovilísticas; razones que, vaya, me parecieron convincentes teniendo en cuenta que era ella la encargada de llevarme hasta Bertamiráns, donde yo vivo. Con todo, nos acabaron dando las 4 de la mañana.

 

Acercamos en coche a Gael, que se alojaba esos festivaleros días en el piso de María y Cibrán —antes le habían dejado una copia de las llaves— y luego nos fuimos a casa. Durante el camino, Sue me comentó que estaba flirteando con un vecino suyo rapero.

 

—¿¿Rapero?? —verdaderamente me repugnaban sus palabras—. ¿Cómo se llama? —pregunté extrayendo el móvil de mi bolsillo.

 

Lo busqué en Facebook y el resultado fue todavía más hórrido de lo que había imaginado: aquella culebra no sólo se dedicaba al rap, sino que salía en sus fotos de perfil cantando (precisamente) rap, como si eso, en lugar de una lacra vergonzosa, fuera toda una heroicidad. Tenía un aire con David Perdomo, sólo que un aire alelado; más bien se parecía a David Perdomo interpretando el papel de un memo. Su cretinez me resultaba transparente en las arrugas que se le formaban en el entrecejo mientras escupía furiosas palabras al micrófono; palabras (imagino) como “puta”, “fumao”, “gueto” o cualquiera de esos fetiches raperiles. Era innegable que se trataba de un deficiente mental. De veras me resultaba imposible creer que una mujer sensata como Sue pudiera caer en las redes de semejante badulaque, a no ser que mediaran en su voluntad conjuros, bebedizos o artes de encantamiento.

 

—Esto es inadmisible —exclamé. Sue no era consciente de que me estaba fastidiando todos los planes: ella necesitaba amantes intelectuales, sarcásticos y cínicos como mi amigo Gael, no abominaciones hiphoperas con trece años de edad mental.

—¿A qué viene esto? —protestó ella, como si su vida amorosa no nos atañera a los demás. (El egoísmo de algunas personas no tiene límite.)

 

Como no quise entrar en debates inútiles, sacudí varias veces la mano a la altura lateral de mi frente, en un gesto universal que viene a decir (más o menos) “¡bah, bah!” Luego ordené que me dejara en casa y me fui a dormir.

 

II

 

El segundo día de Curtocircuito fue menos animado, pero a cambio pudimos ver películas de interés mayúsculo en comparación con las anteriores. A la primera tanda fui solo. Cortos gallegos, sección oficial y todo eso. Dos de ellos ya los había visto en Cans: Jamón y Hogar, hogar. Mi recuerdo era amable en ambos casos. La proyección fue presentada por el director del festival, Pela del Álamo, un personaje al que ya hemos presentado en los primeros coletazos de esta crónica. Me llamó la atención su indumentaria, ¡qué bien vestido iba! El brillo de sus zapatos me cegó, he de reconocerlo. Soy un inculto textil y no sabría identificar el material del que estaban hechos; ni siquiera podría lanzar una estimación de su precio. En aquel momento me parecieron carísimos, claro, hasta el punto de que me dije: “no tenía pinta este hombre de llevar zapatos tan caros”; pero ¿qué sabía yo de su coste? Como soy un zopenco en esto de la moda, cualquier cosa que brilla me parece lujosa: jamás he viajado a países exóticos dados al regateo ambulante porque temo ser estafado por un moro avieso que se aproveche de mi debilidad por los objetos refulgentes. Además de los zapatos, llevaba ropa ceñida extrañamente favorecedora. Yo hasta entonces creía que la ropa ceñida sólo quedaba bien en figurines entallados, pimpollos de peso ligero y abundante fibra. Y Pela no es gordo, desde luego, pero tampoco delgado; hay así redondeces en él que podríamos definir como compactas. Supongo que a eso se refieren las madres cuando hablan de La Percha. A mí hasta entonces me parecía un concepto inasible, casi esotérico, pero al fin lo entendí. Si yo me pongo el chaleco de Pela me tiran piedras por la calle; a él, en cambio, le embellecía la barriga acorazándola en una suerte de abrazo sedoso. Tiene percha. No me enteré de nada de lo que dijo. A punto estuve de dar un par de codazos al desconocido del asiento de al lado para intercambiar comentarios de corte y confección, pues estaba, de verdad, maravillado, pero al final me pudo la vergüenza y (menos mal) no lo hice.  O sea que Pela se fue y comenzó la sesión.

 

Mi idea de Jamón, corto animado dirigido por Iria López, se mantuvo en este segundo visionado: es una parábola simpática de la adolescencia, con una técnica que sabe sacar partido de sus medios y un sentido del humor que bien, venga, sí, es agradable. No entusiasma, pero tampoco deja indiferente, que es lo más doloroso (y también lo más común) que le puede pasar a un corto de animación, donde las horas dedicadas pueden llegar a quintuplicar las de uno convencional. Hogar, hogar, en cambio, se me cayó, pero comprendo por qué me había dejado buen sabor de boca en su momento: es una de esas producciones ESCAC que están destinadas más a parecer buenas que a ser realmente buenas; y a veces, uno, se deja llevar. Todo en la película luce porque la factura es impecable, así como los actores y la composición aislada de algunos planos (la presentación de los dos personajes, la llegada al supermercado), pero es un envoltorio vacío: al jugar al despiste del drama post-apocalíptico para acabar en comedia negra, la película acaba encerrando un chiste rancio, y no demasiado afortunado, sobre hasta dónde está dispuesto a llegar un hombre para huir del compromiso. Es eso, pero en caro.

 

Los otros dos cortometrajes fueron los más enxebres de la proyección. Álvaro Gago nos brindó en Curricán una película de infancia. Yo soy muy partidario de la infancia, ese territorio. Es difícil que no me quede prendado de cualquier obra que tome la infancia como lienzo si está hecha con buen gusto, y era el caso. Hemos hablado aquí de cortos que buscan la poesía en vano; también de otros que no la buscan pero se acaban tropezando con ella. Yo creo que Curricán la busca y la encuentra a través de esta odisea mínima por las calles de Vilanova de Arousa. Es una película franca. Ojalá Gago pueda confirmar su voz en adelante. 

Por su parte, Matanza, de Marcos Nine, es algo tan sencillo como un documental sobre a matanza do porco y tan complicado como un buen documental sobre a matanza do porco. Hablamos de una pieza casi íntima, de un testimonio humano. Nine elige contar un ritual alrededor de la muerte capturando la vida; la vida de quienes trabajan el cerdo, de quienes (como él mismo tuvo oportunidad de recordarnos en una breve charla que precedió a la proyección) lo tratan como uno más de la familia antes de ejecutarlo. No es, ojo, un panfleto, por controvertida que pueda parecer esta tradición. Hay buen hacer en sus costuras; hallazgos formales tan coquetos como esa muerte del cerdo elidida en off mientras vemos a una niña tirar de un pony.

Salí del teatro. En los soportales me encontré con Carlos Villa, enormísimo actor con el que he tenido la suerte de trabajar un par de veces. Carlos había asistido a esta sesión (que era gratis) y me pidió el programa, del que fue pasando hojas mientras balbuceaba unos canturreantes sonidillos. Parecía despistado. Al fin dio en revelar la intriga que le atormentaba:

 

—¿Sabes si en la siguiente sesión hay que pagar?

—Creo que sí —le respondí—, pero no estoy seguro.

 

Fui capaz de contenerme antes de añadir, pomposamente, que yo tenía acreditación.  Carlos se acercó a la taquilla, preguntó una cosa y volvió a mí.

 

—Tengo que marcharme, me duele la cabeza —se llevó la mano a la frente y se la frotó un buen rato.

—Bueno —le dije yo.

 

Después de esto hubo un larguísimo silencio, algo habitual en las conversaciones con Carlos Villa, quien no vive atado a las urgencias. Voy a contar una pequeña anécdota. Hace años, estábamos ensayando para rodar uno de mis primeros cortos, Longa noita de verga, cuando Carlos me cogió en un aparte solicitándome el vestuario del personaje.

 

—¿Vestuario? —mis ojos de director novel se llenaron de terror.

—Si. Me gustaría tenerlo dos días antes de rodar para irme haciendo con la psicología del personaje. Pensar como él, vivir como él.

—Carlos, hay 30 euros de presupuesto, vamos a rodar sin sonido directo, sin script

—¿Y?

 

En ese momento, yo debí haber dicho:

 

—Obviamente, no tenemos departamento de vestuario. El corto somos Iago, tú y yo —Iago era el otro director.

 

Y sin embargo, lo que dije fue:

 

—Por supuesto que mañana mismo tendrás tu vestuario, ¡faltaría más!

 

Corrí a mi casa después de los ensayos y separé tres camisetas de rayas horizontales, que le fueron entregadas al día siguiente. No las he vuelto a ver desde entonces. A veces se lo comento a Iago Seoane, el otro director de la película, que es muy amigo suyo.

 

—Coño, Iago, un día que veas a Carlos pídele mis camisetas.

 

Él me suele responder:

 

—Dice que, si las quieres, te pases por su casa y te tomes un café con él —en ese momento lo habitual es que Iago ría—. Jajaja.

—Jajaja —río yo también.

 

En fin, que es una broma muy larga la que nos traemos con las camisetas, Carlos y yo. Pero volvamos a Curtocircuito. Habíamos dejado al venerable actor frotándose la cabeza en medio de uno de sus silencios, que bien pudo durar lo que la lectura de esta anécdota textil. Al fin dijo:

 

—Bueno, me voy.

 

Y se fue.

 

Aparecieron entonces Cibrán, María y Gael. La siguiente sesión que vimos fue, bueno, desconcertante. Eran, en teoría, documentales internacionales. Pero hmm. Al menos uno de ellos (la francesa La part de l’ombre, de Olivier Smolders) era falso documental, en la línea del mockumentary, es decir, de lo paródico. Creo que fui el único al que, en su momento, le cayó simpático: había experimentos nazis, fetos aberrantes metidos en frascos, autopsias artísticas… En fin, varias de mis cosas favoritas. Pero es verdad que, formalmente, era una chapuza. Valga como ejemplo una escena en la que se pretendía simular la textura televisiva de los años sesenta… con granulado de película Super 8. 

Otro corto de presencia algo inexplicable fue Hacked circuit, un vamos-a-decir-que-virtuoso plano secuencia sobre un artista de Foley trabajando con el mezclador de sonido. Aham. La película que estaban remezclando era La conversación, de Coppola, y más hubiera valido que el asunto pasara a formar parte de los extras del Blu-Ray. Sobre Zima, de la rusa Cristina Picchi, no sabría decir mucho, salvo que me dejó tan gélido como sus paisajes; pero es posible que, sencillamente, tuviera uno de esos momentos raros, despistados, en los que descansas la cabeza mientras la pantalla intenta decirte algo. Nadie a la salida comentó una sola palabra sobre ella; quién sabe si ese efecto narcótico fue generalizado. 

También vimos Travesées, la cinta que acabó siendo ganadora al mejor cortometraje internacional. A decir verdad, ninguno de nosotros pudo preverlo. El francés Antoine Danis filma a unos patinadores y juega con el montaje sonoro. Lo hace con estilo, gracia, algo de belleza… y hasta ahí llegué, supongo que quedándome en la superficie de todo aquello que el jurado supo ver de profundis. En esta tanda, sin ir más lejos, todos encontramos más auténtica La lampe au beurre de Yac, coproducción franco-china donde el cineasta Wei Hu captura el ridículo inherente de unas fotos grupales. No mueve la cámara (como tampoco lo hace el fotógrafo), pero todo es movimiento en el cuadro, desde los fondos acartonados que se van pasando hasta los miembros de las familias a los que el fotógrafo reubica a placer. Siendo yo como soy occidental, urbano y caótico, me inspiró más el estatismo patético que funciona como grácil metáfora de la sociedad oriental que la coreografía perpetua de Danis. Pero oye, gustos. Cosas.

Decidimos pasar de la siguiente sesión por dos motivos: ya habíamos visto la mayor parte de los cortos que se proyectaban y teníamos hambre. Me quedó pena por no volver a ver Ser e voltar, de Xacio Baño. Se llevó el premio al mejor corto gallego de forma previsible: es una obra maestra. Ya resultó ganadora en Cans. Allí la vimos Gael y yo, llenos de envidia, emoción y alborozo. No es ficción ni es documental ni comedia ni drama, sólo purísimo cine. Baño establece un diálogo conmovedor entre dos mundos guiado por la retranca mediante un retrato familiar que al mismo tiempo es autorretrato como artista. Es imprescindible y espero que siga cosechando éxitos. Ya digo que, apetecer, me apetecía volver a verla; pero, eh: hambre.

 

No teníamos claro a dónde ir. Llovía, y era como si nuestros cerebros estuvieran también algo calados, poco lúcidos. Tuvo que ser María la que tomara la iniciativa de dirigirnos hacia el Bar Coruña, en una calle paralela al Franco que no recuerdo cómo se llama pero por la que todos hemos pasado un millón de veces en Compostela. Pedí, por sugerencia de la propia María y de Cibrán, el bocadillo de jamón asado con tomate, una elección de la que sólo me arrepentí cuando llegó Sue, procedente de sus clases de inglés, y pidió un bocata de calamares con pinta un algo más suculenta. Gael estaba enfurruñado porque su pan no era lo bastante consistente y se le caían los trozos de zorza, circunstancia de la que me aproveché para robarle unos pocos. Hablamos de varias cosas, como el llamado Cine Tuenti: esa clase de películas que fascinan a los no iniciados y suelen figurar en el listado de favoritas de los perfiles de las redes sociales más arrabaleras. Sacamos algunas, como American History X, American Ganster, El odio o Amelie. Recuerdo que Cibrán sugirió Ciudad de Dios. Una apreciación muy acertada, a mi parecer.

 

Luego fuimos a A Reixa (sí, otra vez). Tocaba un amigo de Gael y Cibrán que se llama McParamount o algo así, y a quien tuve la oportunidad de conocer en el Festival WOS, causándome tan honda como favorable impresión. Llegamos tarde al concierto, pero estuvo bien. No nos quedamos mucho rato porque Sue tenía ganas de marcharse. A mí me apetecía ver la sesión de cortos experimentales, pero no era plan de quedarme sin vía de escape a Bertamiráns, así que acompañé a Sue al coche y nos fuimos. Puede que le pidiera perdón por mis exabruptos del día anterior. Puede. No es que lo recuerde con claridad. Seguía lloviendo, pero llegamos sanos y salvos a casa.

 

III

 

Como ya habíamos hecho las paces, al día siguiente Sue me subió a Santiago y fuimos juntos a los primeros cortos. Eran documentales internacionales. El primero de ellos, de nacionalidad argentina, nos impresionó a ambos. Bajo la premisa formal de no despegarse del primerísimo plano, Manuel Abramovich nos aproxima en La Reina a la desolación oculta tras los suntuosos hilvanes de un certamen de belleza infantil. A la niña la peinan, la visten, la llevan de un lado para otro, pero nunca le hablan si no es para ordenarle que meta barriga o sonría; nunca le preguntan nada. Las voces adultas suenan en off comentando aspectos pueriles del concurso y de la vida. La cámara de Abramovich sólo quiere que la veamos a ella (a La Reina) con temple íntimo, desnudo de música, recreándose en la melancolía de su rostro. Es uno de esos casos milagrosos en los que el cineasta encuentra el tema y la idea visual no ya adecuada, sino exacta, para retratarlo. 

Imraan, c/o Carrom Club es otra historia de infancias tan duras como la pronunciación de su título. Si la propuesta de Abramovich era inseparable de su elegancia formal, aquí Udita Bhargava nos introduce en las miserias subterráneas de Bombay con una puesta en escena sin alardes, lo que en este caso resulta de agradecer por lo agresivo del tema, pues ante la cámara desfilan niños viviendo entre ruinas, fumando, bebiendo, jugando, traficando y contando historias de violencia. Si La Reina amplificaba un drama aparentemente menor gracias a la cámara, Imraan, c/o Carrom Club hace justo lo contrario: se enfrenta a un tema espeluznante y decide enseñarlo con naturalidad; la misma con la que los protagonistas de la película tratan su horror cotidiano e invisible. No hay un ápice de sensacionalismo en la mirada de Bhargava, que se gana la confianza de los niños hasta el punto de que prácticamente se pelean por ver cuál de ellos presume más ante la cámara de sus fechorías.

Fotograma de Imraan, c/o Carrom Club.

Fueron las películas de la sesión: el resto, paja. L’esthétic sécuritaire/1: un entraînement pour touristes fía toda su propuesta al carisma de su desagradable protagonista, haciendo gala, además, de unos valores cinematográficos análogos a los que podríamos encontrar en cualquier episodio de Callejeros Viajeros. Escort sigue a una patrulla fronteriza holandesa con pulso y sin ambición, más allá de identificar las evidentes dobleces morales de un trabajo así y proyectarlas en unos guardias que quieren volverse personajes pero no pueden. Por último, Shipwreck me pareció un retrato un tanto pornográfico de la tragedia de Lampedusa. Imagínense filmar el dolor tras un naufragio con 300 muertos y se estarán imaginando la película de Morgan Knibbe.

 

Sue se fue y Gael le tomó el relevo como mi acompañante. Me reprochó que no nos quedáramos la noche anterior a la sesión de experimentales.

 

—Había uno sobre hinchas de fútbol muy bueno, pero el mejor fue otro de culturistas.

—¿Culturistas?

—Sí, culturistas vigueses.

—¿Era gallego, el corto?

—No, portugués. De hecho, es la sublimación de ese refrán: “Del hijo de una puta y un portugués, nació el primer vigués”.

—No lo conocía.

—Es un dicho muy popular.

—¿Y de qué iba?

—De eso: culturistas. El director los ponía frente a un croma y se reía de ellos mandándoles hacer posturas ridículas y recitar fragmentos de una oda al primer rey de Portugal. No sé, era muy bueno. Muy bueno.

Seguimos viendo cortos internacionales, pero esta vez de ficción. A nuestro lado se sentaron tres garrulazos adolescentes, tres pavos reales que no paraban de cacarearse los tuits que habían colgado en el móvil y cosas así. Uno de ellos llevaba camiseta de Ciudad de Dios. Eureka: los máximos exponentes del Cine Tuenti. Lamenté que no estuviera Cibrán allí para comentarlo. No sé si ésta fue la mejor tanda de cortos, pero sí la que incluyó mis dos preferidos con diferencia. Una lástima que empezáramos mal. Tant qu’il nous reste des fusils à pompe es una de esas historias sobre jóvenes de los suburbios que encuentran  místico refugio en la violencia.  Para ser sinceros, nada podría decir en contra de su tratamiento de la imagen. Estaba bien rodada, con algunos destellos cliperos bien traídos al caso. Las interpretaciones eran correctas, y el diseño sonoro, muy refinado. Pero no funcionaba. Puedes analizar todos los elementos de una película por separado y juzgarlos positivamente sin que eso te dé una idea siquiera aproximada del valor de su conjunto. Tant qu’il nous reste des fusils à pompe es una película tópica con unos personajes tópicos, un desarrollo narrativo tópico y un envoltorio visual atractivo pero en ningún caso rompedor. Por supuesto, esto a los garrulazos no debió importarles, ya que fueron los únicos de la sala en aplaudir rabiosamente. Lógico. El cortometraje estaba lleno de jóvenes conflictivos, bandas violentas, tatuajes y uzis. Era confitura para ellos.

A continuación vino Hole, del canadiense Martin Edralin. Las primeras imágenes presagiaban lo peor: un discapacitado físico se revolvía como un gusano entre las cochambrosas sábanas de su cama, intentando incorporarse para llegar hasta la silla de ruedas. “Corto social con enfermo”, pensé, “¿cuántos hemos visto ya?” Por suerte, me equivocaba; lo que parecía Loach, acabó mutando en Haneke. Hole rehúye los lugares comunes del subgénero social para escorarse hacia la comedia negra (negrísima) sin perder humanidad ni descender a las catacumbas del cinismo. Edralin pone el foco en una sociedad que invisibiliza a su protagonista con dulce hipocresía. Puedes trabajar, ser vestido, aseado… pero hasta aquí podemos (queremos) leer. Para ello, el cineasta decide tocar una tecla especialmente delicada como es la sexualidad insatisfecha de algunos minusválidos. En el camino, logra incomodar al espectador soslayando acertadamente el mal gusto. Ese mismo espectador no querría negarle jamás a un inválido la posibilidad de llevar una vida digna… siempre y cuando su idea de “dignidad” no cuestione el frágil andamiaje de tabúes que sostiene nuestro sistema de valores estéticos. Tan tabú es para nuestra sociedad hablar de sexo deforme como para el cine mostrar una mamada homosexual: Edralin se vale de esto para lanzar sus dardos con encomiable atino. Nos obliga a mirar a través del agujero que hay en la pared de condescendencia que nosotros mismos hemos construido para aislarnos de una decrepitud física que nos aterra.

Al visionado de esta pequeña joya le sucedió el de The misfortune of others, comedia australiana con voluntad de estilo que acaba siendo más graciosilla que estilosa, merced a una sucesión de gags inocuos que neutralizan la pretendida misantropía del ejercicio. La sala se rió, pero es un pché, pché en toda regla. La proyección remontó, eso sí, con otra maravilla a la altura de Hole. Gambozinos, de João Nicolau, al igual que Curricán, elegía la infancia como discurso; y no sólo como discurso, también como estado mental, si podemos asirnos a este lema algo gastado. El corto es una proeza que eleva los temas del flechazo infantil, la imaginación y la inocencia hacia un territorio onírico de raigambre naïf. Podría emparentarse con el universo de Wes Anderson, en especial con Moonrise Kingdom, pero sería injusto: Nicolau se sobrepone a sus referentes con pulso poético genuino. 

Hicimos una pausa para cenar en un kebab y luego volvimos para ver mi primera sesión de experimentales. Me hubiera gustado ir a más, pero los horarios eran jodidos. A la entrada nos encontramos de nuevo con Margarita Ledo, dama blanca de la cultura gallega cuyo andar gasta “costumbre de paloma” (que diría Panero sénior). Margarita Ledo tiene bien escogido el nombre, que para algo es la Marguerite Duras del Novo Cinema Galego, una suerte de madrina del establishment académico que cobija a las nuevas generaciones de cineastas bajo su dadivosa ala. Al igual que Pela del Álamo, ella viste también con mimo: sus atuendos evocan los de Hannibal Lecter al final de El silencio de los corderos.

 

—Voy entrando —nos anunció tras una cortés pero irrelevante plática—, aunque estos horarios me van a matar.

—Pero tú, al ser jurado, ¿no los has visto ya todos? —le preguntó Gael.

—Sí —confirmó Margarita—, pero el filme de Rosenblatt tiene muchas capas. Muchas capas —repitió—. Os dejo —y se desvaneció, escénica y fugaz.

En esta tanda nos pusieron Diámbulo de Javier García Martínez; The claustrum, de Jay Rosenbatt; Laborat, de Guillaume Cailleau; y Village Modèle, de Hayoun Kwon. El primero era una disertación tan cuca como olvidable sobre los sueños. Sin ser exactamente film-ensayo ni documental, resultaba muy digerible, en parte porque tampoco ofrecía debate. La peli aportar, lo que se dice aportar al estudio de los sueños en el cine, pues hombre, no. Pero era maja, ya digo. (Me sorprendió ver en los créditos a Gonzalo de Pedro, uno de mis críticos favoritos, como productor.)

 

El cortometraje de Jay Rosenbatt, en efecto, contaba con numerosas capas, y a mí se me escaparon todas ellas: razón tenía Marguerite al querer verla otra vez. Laborat es un corto de escuela que aprovecha una cámara de 16 mm. para filmar la disección de unos ratones. No sabría decir mucho más sobre ella. Cualquier metáfora que se quiera vincular a esto es libre de brotar en la mente de los lectores. Village Modèle fue la que menos me gustó en su momento y la que más y mejor recuerdo a día de hoy: Hayoun Kwon juega con el espacio al recrear en miniatura las espectrales edificaciones de una ciudad de Corea del Norte mientras en off escuchamos a un guía turístico real. Turismo/propaganda; realidad/ficción; todas esas cosas. Estaba bien.

 

A la salida, Gael y yo sopesamos la idea de entregarnos a Baco. Tomamos algo en As Crechas pero ninguno de los dos estaba de humor. Decidimos aplazarlo para el jueves, así que me cogí un taxi (esa vez no estaba Sue para evitarme el sablazo) y me fui a casa.

 

IV

 

Jueves ya. Sue me subió en coche a Santiago aprovechando que ella tenía que recoger unas fotocopias en el callejón de Derecho. Tomamos un café rápido antes de que empezaran los cortos.

 

—¿No vienes, entonces?

—No, hoy no.

—Después vamos a salir. ¿A eso te apuntas?

—Hmm, no sé —Sue es de esas personas que viven en puntos suspensivos y alargan el suspense de todos tus planes hasta el despertar último de su capricho.

—Va a salir Gael —sonreí.

—Ya me imagino —no parecía captar mis indirectas.

 

Lo dejamos así y me fui al teatro.

 

Gael tardaba, así que entré solo. Vi tres cortos: Le garçon, Solecito y Washingtonia. El primero era mediocre, una historia de culpa bien interpretada pero dirigida con apatía; el segundo, un divertidísimo cóctel colombiano entre documental y ficción que operaba en las coordenadas del romance adolescente; y el tercero (premio del jurado joven), un delirio que aún hoy no sabría catalogar, pero que me fascinó por completo.

 

Gael apareció para la segunda retrospectiva que el festival dedicaba al cineasta canadiense Mike Hoolbloom, homenajeado y a la vez invitado de honor y jurado oficial. Hoolbloom no tenía muchas ganas de hablar. Presentó escuetamente dos de sus películas, Frank’s cock, de 1993, testimonio en clave de (melancólico) humor de cómo el SIDA entró como un elefante en la cristalería de unos tiempos que se presumían más felices, y Tom, de 2008, sentida y caleidoscópica ofrenda a un amigo enfermo. Ambos cortos me resultaron enriquecedores. Yo todavía no era consciente de ello, pero serían los últimos que vería en el festival.

 

—Le he mandado un mensaje a Jaime —dijo Gael. Ya habíamos salido del teatro y nos dirigíamos a la Tita, a por las últimas tortillas.

—¿Va a salir?

—Va a venir.

—Ya es algo.

 

Jaime es nuestro amigo más loco, en el sentido penosamente estricto del término: estuvo un mes y medio ingresado en un hospital psiquiátrico por voluntad propia. Llegó cuando ya habíamos dado cuenta de los pinchos.

 

—¿Qué ponemos por aquí? —le preguntó el camarero.

—Un gin tonic.

—¡Jaime! —protesté—. Que estamos a cañas.

 

No sólo encontró (dudosísimos) argumentos con los que rebatir mi postura, sino que tuvo la desfachatez de exigir “un poquito más” de ginebra cuando procedían a servirle. Le gusta mucho hacer eso, para mi condena. Estuvo hablándonos de su intención de rodar una webserie protagonizada por nosotros. Gael y yo intentamos convencerle de que no era buena idea involucrarnos como actores, ya que, en fin, no lo somos, pero Jaime parecía intratable en la defensa de ese punto.

 

La Tita estaba a reventar de gente festivalera. Pela del Álamo, la chica que tuvo a bien expedirme la acreditación, otra chica que se dedica a fotografiar todos los eventos culturales de Santiago, el propio Mike Hoolbloom, etcétera. Apareció también Oliver Laxe y algún otro ilustre que no recuerdo. Me acerqué a Hoolbloom con ánimo de intercambiar impresiones sobre la cultura local.

 

—Best tortilla ever —le solté en primitivo inglés.

—Hmmm, yes —hizo esfuerzos por no salir despavorido.

—Eh… I loved Frank’s cock —insistí yo, y él tuvo la deferencia de no reírse ante la trastabillada ambigüedad de mis palabras. Era el momento de salir de allí.

 

Fuimos al Embora. Mi amigo Chaston llamó para sugerirnos que nos pasáramos por el Miudo, donde pinchaban unos amigos suyos. “Después”, le escribí. Jaime nos brindó un generoso espectáculo: tiró por lo menos dos botellas de cerveza de forma accidental, intentó ligar con unas chicas convenciéndolas de que su nariz es igual a la de María Valverde, recomendó a una cuarentona que nos había preguntado dónde podía comprar cocaína que ofreciera mamadas a cambio si quería tener éxito, y se peleó con la camarera por no dejarnos sacar las copas fuera.

 

—Chicos, por favor —nos regañó ella.

—Un segundo, un segundo —suplicó Jaime. Andábamos enfrascados en la ejecución de alguna simpática broma telefónica—. Es que estamos llamando a ex novias —añadió luego.

 

Si la camarera había llegado a ver en alguno de nosotros un toque de sex appeal, era evidente que aquella frase lo había hecho esfumar. Pusimos rumbo al Miudo. Allí nos encontramos con Chaston y pedimos licorcas. En eso estábamos precisamente (en pedir), cuando una majadera de la barra interrumpió la conversación que estaba teniendo con Gael para regalarnos una carcajada diabólica.

 

—Eh, ¿perdón? —la increpé. Su intromisión me pareció del todo impertinente.

—No, nada, nada, disculpa. Oye —se dirigió a Gael—, ¿tú no estabas en el WOS?

—Sí —contestó mi amigo—, tú fuiste la que no querías acreditarme.

 

La demente espontánea volvió a reír y di por concluido el asunto: algo en su lenguaje corporal me hizo ver que estaba ligando y dejé que las cosas fluyesen, por más que esa posible relación supusiera un nuevo obstáculo en mi proyecto de emparejar a Gael con Sue. Intenté persuadir por whatsapp a esta última para que se viniese y sólo recibí puntos suspensivos como respuesta. ¿Qué les pasa a mis amigos? ¿Por qué se empeñan en no hacer lo que yo sé que les conviene?

 

Jaime estaba en las últimas: había brillado mucho, pero demasiado fugazmente. Se despidió justo cuando Chaston me estaba llevando al Ultramarinos, un sitio que nunca me convenció para esto del salir. Allí rememoramos viejos tiempos y tuve que aguantar que me reprochase el pasarme un año trabajando en lugar de haciendo un provechoso máster. Me faltó sacar goma, papel y lápiz para explicarle con rudimentarias cuentas y dibujitos que no podía permitirme pagar según qué prohibitivas matrículas al mismo tiempo que vivía en Madrid o Barcelona, como él. Pareció entenderlo. Al cabo de un rato, entró en escena Gael con su repulsiva pareja. Me miró y creí detectar cierta (dis)culpa en sus ojos. No me enternecí.

 

Después de eso, Ruta. Estuvimos en la puerta esperando a que la cosa se animara un poco; era, todavía, temprano. Para hacer tiempo, intenté ligar infructuosamente con una niña de 17 años que estaba repitiendo la ESO, según me contó, y no es algo de lo que sienta orgulloso, pero es lo que pasó y así lo hago constar. Cuando por fin nos decidimos a entrar, yo ya empezaba a sentirme salvaje por dentro. Desde el momento en que Chaston me preguntó, incrédulo, “¿Quieres ir… a bailar?”, un enanito moral  de mi interior supo que la noche no acabaría bien.

 

A partir de ahí, embarullamiento y nubes. Sé que hice algunas cosas, como despedirme de Chaston, perder varias veces mi chaqueta o enfurecerme por el hecho de que Gael hubiera ligado y yo no (para más inri, con la chica inapropiada). Otros muchos aspectos de la noche se me escapan. A través de testimonios de terceros, he logrado reconstruir una conversación que tuve con McParamount, el amigo de Gael que había tocado en A Reixa días atrás, y que estaba por allí. Me dijo que justamente se lo había encontrado esa noche y que iba acompañado de la majadera hasta que la majadera empezó a liarse con él (¡con él!) en sus narices.

 

—No le sentó bien, claro, pero ¿qué iba a hacer yo?

—¿Y ella? —pregunté.

—A los cinco minutos, ya se estaba liando con otro tipo.

 

Decidí que era el momento de triunfar donde mi amigo había fracasado y saqué a bailar, eufórico, a varias chicas, la mayoría de ella gárgolas a las que yo veía como celestiales criaturas gracias a los venenosos efectos de la ginebra. Una de ellas accedió a liarse conmigo muy a regañadientes. El espectáculo que ofrecimos fue francamente vomitivo y puede resumirse en el siguiente vídeo, siendo representado mi papel por el afectuoso macaco:

La chica acabó dándome largas, presumo que influenciada por la opinión negativa que el enjambre de amigas malencaradas que revoloteaban a nuestro alrededor parecía tener de mí. Me piré. Ya era de día. Rompí a llorar desconsolado ante las nefastas alternativas de ocio que se me presentaban. (Nota: lo de llorar no es una metáfora, como puede atestiguar mi buena amiga Laura, a quien desperté con llantos telefónicos a las siete de la mañana). A esas horas, y en ese estado, sólo hay un after en Compostela al que un hombre puede ir: La Tita. Es momento de hacer una precisión a los no iniciados. Hay dos Titas en Santiago: la de las tortillas y el after. Cero relación entre ellas. La una es un negocio respetable, y la otra, un antro del Infierno. Ni siquiera se llama Tita de forma oficial; por no tener no tiene ni cartel a la entrada. 

La otra Tita.

Sucede, vaya, que lo regenta una señora llamada Tita de aspecto grotesco y genio implacable: más de una vez se la ha visto arremeter a bolsazos contra los clientes que no respetan sus normas de convivencia. Aquí van algunas de ellas:

 

  • Está prohibida la música.

  • Está prohibido fumar o drogarse en CASI todo el local.

  • Está permitido fumar o drogarse en una especie de PUTA COCINA que hay en un altillo de la esquina, donde se arremolina lo más selecto de cada casa, gente musculada con dientes de oro y cosas así.

 

El ecosistema humano de La Tita es diverso: hay estudiantes, gente acabada, ancianos lascivos, prostitutas raramente menores de 60 años, dealers sudamericanos, actores venidos a menos… Yo era la primera vez que iba solo allí y estaba desorientado. Un culturista se tropezó conmigo y me tiró la mitad de la cerveza por encima. Se presentó como Maicol y exigió que me disculpara por haber tropezado yo con él. Por supuesto, lo hice. Su envergadura y su temible acento no dejaban lugar al debate; y si bien era posible que en el fondo fuera un ángel, la primera cosa que se veía de él era que el ángel lo llevaba tatuado en la cara, al estilo formidable de la siguiente imagen:

Las perspectivas de acabar metiendo mis cada vez más inestables patas en un fangoso charco de problemas me hicieron ver que debía apurar lo que me quedaba de cerveza y salir de allí pitando para comprar un bocadillo de zorza con tortilla en el Raíces, jalármelo y coger un taxi hasta mi redentora casa.

 

V

 

Huelga decir que el viernes no acudí a ninguna de las proyecciones, pues estaba hecho una ruina. Tampoco fui capaz de sacar el valor necesario para asistir a la entrega de premios del sábado: había un cariz de final de trayecto en mi noche del jueves y sentí que debía respetarlo. El palmarés puede consultarse en este enlace, si bien ya hemos referido varios de los cortometrajes ganadores con anterioridad. Dada mi irregular asistencia a las sesiones experimentales, me quedé sin ver Substanz, de Sebastian Mez, triunfadora en la citada categoría. Quien sí lo hizo fue Gael, a quien he pedido ayuda para poner punto y final a esta crónica.

 

GAEL: Era muchísimo mejor el de los culturistas vigueses. Se basaba todo en encadenamientos de imágenes de escombros, algunas imágenes de tele y un plano de gente en la calle.

ANXO: ¿Tenía chicha, al menos?

GAEL: No, ninguna.

ANXO: Leo esto en Internet: "Substanz (…), que se desarrolla en Japón después de que tuvieran lugar los catastróficos desastres naturales y nucleares en marzo de 2011, lleva al extremo su búsqueda de un cine puro, formado por elementos intangibles e invisibles, buscando crear sensaciones, en este caso de caos y de pesadilla. Un trabajo experimental, abstracto y fotográfico, sin una narración ni un tema más allá de lo visual, en el que cobra protagonismo la propia construcción de la película, no sólo del resultado final."  ¿Estás en total desacuerdo?

GAEL: [Risas] Mira, la película se resumiría así: "Director de cine de vacaciones en Japón decide que el tsunami es la perfecta oportunidad de su vida para mostrarse al mundo." O sea, el inicio de la peli, con los sucesivos encadenados de zonas de escombros, estaba muy bien, sí, eran buenas imágenes… pero después… pzzzz. No me acuerdo de qué coño decía la voz en off.

 

 

Bertamiráns, noviembre de 2014

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